El mimo

Siempre los ve pasar, uno tras otro.

Algunos se detienen y otros caminan de largo, pero él sigue en su sitio. Maquillado con base blanca y vestido con un traje desgastado de color negro. Se planta encima de su pequeño pedestal y cada vez que le lanzan una moneda mueve sus manos y sus piernas a la vez.

Las calles en las que suele ponerse son típicas de barrios caros. Las mujeres van con tacones y los hombres con corbata. Raro es no ver a un niño con una consola de última generación entre las manos.

Su madre siempre le dijo que eligiese otro estilo de vida, aunque ella era consciente de que su oficio hacía muy feliz a su hijo. Había estudiado arte dramático en una buena escuela pero su familia no pudo pagarle el último curso. Trabajó un par de meses de camarero y aparcando coches pero nunca dejó de pasar horas en las avenidas para hacer lo que más le gustaba. Ahora mismo no tenía ningún trabajo de ningún tipo. Solo su pedestal, traje y maquillaje.

A veces, no le llegaba ni para pagar el alquiler ni para comer, pero aún así seguía haciendo lo que él mismo consideraba “su verdadero trabajo”. No iba a dejar de hacer la única cosa que le hacía feliz en su totalidad.

Como todos los días, se quedó quieto mirando al frente e hizo su pequeño espectáculo. Una muchacha joven con aspecto alegre se acercó a él y le tiró una moneda. Él hizo sus entrañables movimientos, le sonrió, ella de devolvió una sonrisa y se fue con un semblante lleno de entusiasmo. Esas situaciones le causaban un enorme orgullo a la vez que una gigantesca sensación de ternura. Hasta que alguien se la arrebataba.

—Qué patético, seguro que vive de ocupa… —murmuró un hombre entre la multitud.

Era doloroso oír esas palabras.

Sabía que con una simple mirada podía darse cuenta de como era la gente que caminaba por allí. La soledad que sentían, las eternas noches sin dormir, los problemas reflejados en jugueteos de manos, los besos de parejas que mostraban de todo menos cariño. Él lo sentía y lo observaba con tristeza. Las personas así están en todas partes pero sí las miraba con detenimiento, podías ver el dolor del día a día transformado en rabia y crueldad.

A ese tipo de gente siempre los ve pasar, uno tras otro.

Pero las personas que le sonreían como lo había hecho esa chica, su esencia y su cariño siempre permanecía justo a él. La empatía y la amabilidad siempre habían sido su combustible. Siempre, siempre…

Los años pasaron muy rápido, tanto, que cuando piensa en ello se le eriza la piel. Suele ocurrirle cuando está en su despacho mientras lee los guiones que le ha mandado su representante. Zarandea los folios con aburrimiento y luego se levanta hacía la ventana, que da a la calle principal de la ciudad.

De un momento a otro coge el abrigo y se dirige a tomar un café a la cafetería de la esquina. Camuflado con unas gafas de sol, se sienta y espera que lo atiendan. Comienza a notar cierto murmullos en el ambiente. Se coloca las gafas y respira profundamente. Mira al cristal, la gente pasa a toda prisa.

El camarero llega con una sonrisa de oreja a oreja. Él pide su café y cuando el mesero vuelve a la barra, empieza a cuchichear con la otra camarera.

Él sigue observando la calle.

No es la primera vez que se queda allí sentado con miles de seguidores que lo conocen por haberlo visto en series famosas y obras en Broadway. Esta situación que ahora vive, intenta repetirla un par de veces al mes. Le gusta ese instante.

Hoy, a lo lejos, en la avenida, observa con suma atención al mimo que hay en medio del percance de hombres y mujeres trajeados.

Hace dos meses exactos había otro mimo completamente distinto. Y hacía dos año otro, y así sucesivamente. Nunca se sabe que les ocurre. Alguno conservará ese puesto, a otro lo verás en diferentes partes de la ciudad, varios se harán famosos o no los reconocerá ni sus propios seres queridos.

A ese tipo de artistas siempre los ve pasar, uno tras otro.

Alicia López 2018

Relato trabajado en los talleres de escritura de la fundación Fuentetaja

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Toby

Lo cierto es que la luna brillaba de una manera excepcional aquella noche. Era un verano de 1989, el penúltimo día de vacaciones.

A las 12:45 de la mañana salí de casa con las dos bolsas de golf a la espalda, subí a Toby al coche y nos dirigimos al club.

Llegamos casi a las 13:50. Justo a tiempo para comer con los demás y dejar a Toby con las otras mascotas y cuidadores.

Todavía recuerdo la canción que sonaba en aquel trayecto en la radio: Pretending de Eric Claptom, mientras Toby ladraba con fuerza por la ventanilla.

A las 14:00 saludé a todos mis amigos en el comedor, almorzamos a las 14:20. Comimos asado, sopa de pescado, canapés y macedonia.

Luego de aquello fui con Matilda y Sebas a la biblioteca del club.

Nos pasamos casi dos horas leyendo libros de todas las clases: El gran Gatsby, algún que otro relato de Salinger y creo que Dickens. Recogimos los libros esparcidos por el piso y bajamos a la salita.

Hablamos de Windows y los estragos que estaba causando en la gente, también de la extraña manía de Sebas por el fútbol americano.

Sobre las cinco me tomé un café con Lydia y comenzamos el partido de golf.

El juego duró menos que de lo que pensábamos. Terminamos a las ocho de la tarde y dimos un pequeño paseo por el bosque que había en los alrededores.

Me acuerdo de la continua impertinencia que tenía Lydia, creía que era muy fácil perderse en ese bosque. Al parecer, una prima lejana suya se había perdido en ese sitio.

Decidimos hacer una apuesta. A las 00:00 iríamos allí para demostrarle que era imposible que eso sucediese. El camino de piedras estaba muy bien marcado.

A las 21:00 volvimos para cenar y ver Baywatch. Me parecía una serie aburrida y sin sentido pero todos los de mi edad estaba enganchados.

Sobre las 22:30 jugamos al ajedrez, partida la cual perdí muy tontamente y el imbécil de Martí estuvo restregándomelo durante el resto de la noche.

Entonces llegó la hora de la apuesta. Quién saliese antes del bosque se iría con Martí y sus padres una semana entera a la playa privada en el otro lado de la costa oeste.

Nos separamos. Comencé a caminar y caminar por aquel sendero, hasta que vi la luna brillar de una forma muy hermosa.

No sé qué pasó exactamente. Me resbalaria o tropezaría con algo y me daría en la cabeza. No sentí dolor.

Lo único que nunca me he perdonado es que no me despedí de Toby.

Alicia López 2018

Relato trabajado en los talleres de escritura de la fundación Fuentetaja

La sabiduría de las mariposas

Maggie se sentaba todas las tardes al pie del árbol. Veía el vencindario desde la colina, incluso podía observar a su madre por la ventana de la cocina.

Allí dibujaba hasta la noche y luego regresaba.

Siempre recibía la visita de su vecina a mitad del atardecer y esta preguntaba lo mismo.

—¡Hola, Maggie! ¿Qué dibujas? —Ella levantó la vista del cuaderno.

—Pues hoy no lo tengo claro, la verdad…

—¿Qué no lo tienes claro? —dijo mientras se colocaba de cuclillas al lado de ella—¡Creo qué ya sé lo que es! ¡Es una mariposa!

—Pero, ¿qué dices? ¡No es una mariposa! Más bien… es un pájaro.

—Has dicho que no lo sabías, ¿cómo es qué lo sabes ahora?

—No lo sé, simplemente es así. ¡Pero tengo claro que no es una mariposa!

—¿Por qué no?

—Porque los pájaros no vuelan tan cerca de la tierra, las mariposas sí.

—¿Y cómo estás tan segura de eso? —dijo su vecina.

—Es como te digo, ¡estoy en lo cierto!

—Das muchas cosas por sentado, Maggie. Las mariposas también pueden volar cerca del cielo… —Su vecina se levantó de golpe—Me tengo que ir ya. ¿Nos vemos mañana, sí?—Estaba pálida.

—Vale.

Pero su vecina nunca volvió a aparecer. Pasaron algunos años y Maggie no perdió la costumbre de ir a dibujar a la montaña.

Un día, cuando volvió a casa después de su salida habitual le preguntó a su madre que había pasado con aquella chica.

—¿De quién hablas, Maggie?—dijo su madre terminando de recoger los platos de la mesa.

—La vecina que me venía a visitar a la colonia.

—¿Qué vecina?

—¿Nunca me has visto desde la ventana con la muchacha?

—Pues no, cariño. Solo te veo a tí, a tu cuaderno y esa mariposa que no para de revolotear alrededor tuya. Siempre se va volando muy alto…

Alicia López 2018

Relato trabajado en los talleres de escritura de la fundación Fuentetaja

Conocer

—Mañana tenemos el campeonato —dijo Juan abriendo la bolsa de papas fritas.

—¿Crees qué vendrá Tomás?

—Yo qué sé, tío. Ya sabes que siempre hace lo que le da la gana —Agarra tres papas y las engulle rápidamente—. ¿Por qué lo preguntas?

—Tonterías mías, déjalo…

Roba una a Juan y la mastica despacio.

—¿Te pasa algo, León?

—Nada… —Baja la mirada y le quita otra.

—¿Cómo qué nada? Te conozco lo suficiente para saber que me mientes.

—No es nada, Juan. De verdad.

—A ti te pasa algo, a mí no me engañas —Se zampa unas cuantas más—. Venga, ¡dime!

—¡Qué no es nada! Joder, que pesado eres a veces.

—León, que somos amigos desde…

—¡Primaria! Lo sé Juan, lo sé…

—¿Pero qué demonios te pasa? —Cierra la bolsa de golpe arrugándola—¿Es por el tal Tomás?

—No… —Se pone rojo y aparta la mirada.

—¡Hostias! Si te has puesto como un tomate. Espera, espera, ¿por eso te fuiste con él antes del partido? Un momento… — Vuelve abrir la bolsa e introduce la mano en ella lentamente—¡Ya me estás contando desde cuando te gustan los tíos!

Alicia López 2018

Relato trabajado en los talleres de escritura de la fundación Fuentetaja

El fumador

Todos caminaban en su respectivas direcciones. Excepto él.

Estaba allí plantado, en medio del vaivén constante de pasos acelerados. El ruido de los coches en la carretera y el taconeo de algunas mujeres vestidas de oficina conformaban aquella mañana. También se escuchaban las conversaciones de teléfono con un tono agotado y despectivo. Eran las siete y todos pasaban de largo.

El hombre tenía la cabeza alzada mientras el humo desaparecía con la multitud. Era curioso como había sido el único que se detuvo a pesar de saber que tenía cosas que hacer.

El cigarrillo iba haciéndose cada vez más pequeño y el bullicio de los coches aumentaba.

Se había detenido a pesar de que los demás humanos siguiesen ensimismados en sus asuntos.

La humareda desaparecía cada vez más deprisa y los tacones, el bullicio y las habladurías iban aumentando poco a poco.

Por un momento el hombre fue hermoso. No había en su rostro algo que le hiciese bello o alguna parte de su cuerpo que fuera atrayente. Solamente su pausa y su cigarrillo comprendían una forma nueva de belleza.

El humo seguía revoloteando en su cercanía.

No observaba el cielo o a los que pasaban a su lado. Miraba directamente a lo que su tabaco había creado.

Así debería ser, solo por un pequeño instante. Se dio cuenta de que existía y que no desaparecería como los demás en el camino que siempre realizaban.

Al igual que el humo.

Alicia López 2018

Relato trabajado en los talleres de escritura de la fundación Fuentetaja